¿Era necesaria una secuela de Parque Jurásico?

Después de que Jurassic World haya dividido a los profesionales de la prensa mundial entre quienes la adoran y aquellos que la aborrecen, hoy, por fin, el público, es decir, nosotros, podremos sacar nuestras propias conclusiones. Pero, a priori, cabe que nos hagamos una última cuestión antes de visionar el filme: ¿era necesaria una secuela de Parque Jurásico?

Para contestar a esta pregunta sería necesario que nos situáramos en 1993, el año en que se estrenó la película de Spielberg. Aunque esta sea considerada como una obra más del visionario cineasta, en su momento no fue más que un encargo de Universal Pictures, que había ganado la partida para hacerse con los derechos de adaptación de la novela original de Michael Crichton. De hecho, Spielberg aceptó únicamente con la condición de que la productora le financiara su próximo proyecto, la mucho más personal La lista de Schindler.

El éxito del filme se basa en dos pilares indiscutibles: por un lado, el Steven Spielberg recién salido de sus esplendorosos años 80 no es el mismo que en el nuevo siglo ha producido la saga Transformers. La frescura de cada una de sus propuestas, funcionara comercialmente o no, y su intachable visión comercial hacían presagiar que aquel experimento con dinosaurios iba a resultar algo mágico. Por otro lado, y como factor mucho más importante, en la película se habían creado los animales prehistóricos a través de una cosa muy extraña y desconocida llamada CGI, cuyo primeros resultados, vistos en Terminator 2: el juicio final, habían sido espectaculares.

Cuando Spielberg se encontraba en la preproducción del largometraje tenía en mente crear los dinosaurios mediante animatronics. Sin embargo, desde ILM le enseñaron algunas pruebas que habían hecho con animación digital. El director quedó tan sorprendido que accedió a que la empresa de George Lucas sorprendiera al mundo entero con esta nueva y prometedora técnica, aunque su coste le privara de contratar a actores como Harrison Ford o Sean Connery para reducir el presupuesto. Las alternativas fueron Sam Neill, Jeff Goldblum y Richard Attemborough, aquel que le había robado el Oscar a mejor director en 1983, llevándose la estatuilla por Gandhi y dejando a E.T. huérfano del preciado galardón.

Con el visionado de Parque Jurásico el público mundial presenció el nacimiento de un nuevo Hollywood desde el mismo momento en el que el primer dinosaurio aparecía en la pantalla. Desde entonces todo la industria cambió y tomó un camino que ha llegado hasta nuestros días, cuando es inimaginable concebir un blockbuster que no cuente, o directamente esté totalmente basado, en las técnicas de CGI. Fue algo sorprendente y el gran valor histórico de una película que dejó marcada para siempre a la industria cinematográfica. De hecho, la pérdida de atractivo de sus dos secuelas se debió a que las creaciones digitales ya no eran novedad y habían perdido su capacidad de impresionar.

Volvemos a la actualidad, al día en que se estrena la cuarta entrega de la franquicia, continuación, reboot, reinvención, o cómo queráis llamarle. Steven Spielberg ya no es aquel joven revolucionario, su trono es tan grande que a veces no sabe como sentarse y, además, ha tenido que dejar espacio en él para John Lasseter, Joss Whedon o James Cameron. Aunque su labor como realizador tiene pocos tiros al aire, sus tareas como productor ejecutivo, puesto que ha adoptado en Jurassic World, ya no son una garantía de calidad. Y, por otro lado, acabamos de ver como un grupo de superhéroes combate una invasión alienígena en el corazón de Nueva York y una luna creada de la nada, de nombre Pandora, donde se libra una batalla que prácticamente salpica las butacas ¿Cómo podría sorprendernos una nueva película de Parque Jurásico? Esa es la pregunta que nos da miedo responder, la que nos hace dudar sobre la necesidad de este filme, que ya no cuenta con los pilares de sostuvieron la primera entrega y se arriesga a convertirse en una superproducción más entre todas las que se han estrenado y se estrenarán este 2015.

Las primeras críticas parecen indicar que la exageración y la extenuación a través de los efectos son la gran apuesta del filme de Colin Trevorrow, que confunde magia digital con magia cinematográfica. Lo que es indudable es que será una fuente de dinero, que al fin y al cabo es lo importante para el mantenimiento del negocio, y derivará en más entregas.

Mi conclusión es que no, esta película no era necesaria, pero sin embargo iré a verla, lo que provoca una paradoja de esas que se deben discutir en las reuniones de los grandes estudios de Hollywood cada vez que deciden que nueva saga rescatar del olvido.

Natalia Pinto

Editorial California.